Llevar una vida simple

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Siempre que estoy de vacaciones y paso varios días fuera, lejos de todas las cosas y comodidades que tengo en casa, acabo llegando a la conclusión de que podría vivir perfectamente sin el 80 o el 90% de todos los bienes no esenciales que tengo.

Cuando viajamos, solemos llevar con nosotros solamente aquello que consideramos básico y esencial: algo de ropa, un neceser, toalla, el móvil y el portátil, algún libro y poca cosa más. La elección de estos objetos requiere de un trabajo consciente para decidir qué es necesario y descartar aquello que es accesorio. Y cuando vemos que todo lo accesorio es eso, algo totalmente prescindible y sin lo que puedes vivir, deberíamos pararnos a reflexionar.

Si donde viajas es, por ejemplo, una casa de campo o un bungalow, normalmente está equipada con lo justo: una mesa y 4 sillas, vajilla y cubiertos para 4 personas, alguna sartén y olla, una nevera, y un sofá y televisión —si tienes suerte, porque en algunos casos ni eso—.

En vacaciones pasamos de un entorno en el que tenemos abundancia y excedentes en casi todo, a otro en el que contamos únicamente con lo necesario. Y para mí resulta liberador.

Tener demasiadas cosas materiales (y el determinar cuánto es suficiente y cuánto demasiado es algo muy personal) hace que me sienta atado y esclavo de ellas. Cada prenda de ropa de más, cada aparato de cocina adicional, cada adorno innecesario, cada una de esas cosas significa ocupar espacio, una decisión más a la hora de elegir, una preocupación más. Tener muchas cosas genera fricción de elección.

Si algo no suma, resta. Si tienes algo que no usas, o que usas de forma muy esporádica, o que directamente ni recuerdas que la tienes, no te suma. Eso significa que puedes prescindir de ella, y liberar ese espacio físico y mental para aprovecharlo en algo que sí te aporte.

Solemos adquirir cosas sin detenernos a pensar y determinar si lo necesitamos, sin saber si realmente es algo que queremos o  bien estamos actuando impulsivamente. Nos dejamos llevar por la emoción y la expectativa de que esa compra nos hará felices. Pero tras la adquisición, el placer desaparece casi al instante. Y nos quedamos con la carga de un objeto más en nuestra vida.

Es difícil establecer la línea entre lo suficiente y lo excesivo. Cada uno tenemos unos criterios muy personales al respecto. Yo, por ejemplo, puedo vivir —y de hecho así lo prefiero— con muy pocas cosas. No le doy mucho valor a lo externo, y eso hace que me sienta mejor teniendo cuatro camisetas que diez. Porque tener pocas cosas tiene muchas ventajas en tu día a día

En primer lugar, no debo perder el tiempo eligiendo qué me voy a poner o qué voy a usar. De la ropa que tengo limpia en ese momento, cojo una prenda y listo. Si tengo que preparar alguna comida, uso los utensilios que tengo y que sé exactamente dónde están. 

En segundo lugar, inviertes menos tiempo en ir de compras o simplemente mirar escaparates —ya sean físicos o virtuales—. Cuando tienes pocas cosas, adquirir un nuevo producto es algo que haces sólo de vez en cuando, y eso te ahorra muchas horas. Es cierto que a la hora de comprar algo, como sabes que lo vas a usar mucho y esperas que te dure, debes invertir más tiempo en la elección. Pero eliges de forma consciente aquello que realmente cumple con tus expectativas: realmente debe gustarte, ser de buena calidad, debe cumplir con tus principios —fabricación nacional o lo más próxima posible, por ejemplo—, y su compra debe hacerte sentir bien, ya que es algo que has adquirido de forma consciente y voluntaria, no por impulsos.

En tercer lugar, menos cosas —hasta cierto umbral— significa menos preocupaciones y paz mental. Sé que no estoy contribuyendo a un sistema de consumo rápido y sin sentido, en el que lo normal es comprar, usar y descartar casi inmediatamente para volver a adquirir algo más nuevo y seguir indefinidamente con ese ciclo. Sé que ese consumismo genera contaminación —que no vemos, pero existe—; dicta estereotipos y enseña a valorar a los demás por lo que tienen y no lo que son; promueve la cultura de lo fácil, rápido e inmediato; hace que el verdadero valor de las cosas sea totalmente secundario y prime lo subjetivo —un logo, una marca, una tendencia—. Apartarme de todo eso me genera bienestar mental y hace que sienta que aporto un pequeño grano de arena para mejorar las cosas.

Igual que acumulamos objetos por inercia, también acumulamos compromisos y relaciones por compromiso social.

Por otro lado, cuando estamos de vacaciones solemos desconectar de la mayoría de nuestras obligaciones rutinarias, y con el tiempo que tenemos libre aprovechamos para dedicarlo a aquello que realmente nos gusta. Así que es un buen momento para analizarnos y ver cuáles son aquellas cosas que nos motivan, nos inspiran, no llenan, y a las que no nos importa dedicar todo el tiempo que sea necesario. Esas son las cosas en las que vale la pena invertir nuestro tiempo libre cuando volvamos a la rutina, y descartar aquellas que simplemente hacemos por costumbre, compromiso u obligación.

Si en vacaciones te gusta leer, sigue haciéndolo durante el resto del año. Deja el móvil o las series y lee.

Si te gusta llevar a tu hijo a un parque para que se divierta, no te metas en un centro comercial cuando vuelvas a tu rutina semanal.

Si aprovechas para visitar nuevos pueblos, ciudades, monumentos o museos cuando estás fuera, disfruta también haciéndolo con los que tienes a tu alrededor.

Si disfrutas de un simple paseo con tu pareja o familia, puedes disfrutar igual de su compañía estando a mil kilómetros de casa en un paraje idílico que dando una vuelta por tu barrio.

Si hay alguien a quien durante todas las vacaciones no has echado de menos, no has llamado o no te has acordado de él, sé sincero contigo mismo y pregúntate si es alguien al que debes dedicar tu tiempo. Recuerda que el tiempo es tu bien más escaso. Y recuerda que eres el promedio de las cinco personas con las que pasas más tiempo. Es importante escoger bien.

Poder identificar todas aquellas cosas que hacemos simplemente por inercia y sustituirlas por momentos y experiencias que nos aporten bienestar genuino es también una forma de simplificar nuestra vida.

No tenemos que aceptar cualquier plan si no nos apetece. No tenemos que caerle bien a todo el mundo. No tenemos que hacer lo que el resto de la gente hace. Somos libres de elegir en qué invertimos nuestro tiempo. Es una elección muy importante.

Simplificar la vida no consiste únicamente en vaciar armarios; consiste en dejar de llenar la agenda con compromisos que no nos apetecen y con relaciones por compromiso. El tiempo es el único recurso no renovable que poseemos. Aprovechémoslo sabiamente.

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