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Muchas veces me pregunto si el Destino existe y cuál es el margen de maniobra que tenemos sobre nuestras vidas.
Dice la mitología griega que las Parcas, tres hermanas ancianas e inmortales, hilan el curso de nuestra vida, y por lo tanto, todo lo que nos sucede está ya escrito y predeterminado.
- Cloto sostiene la rueca, y representa el nacimiento y el presente.
- Láquesis mide la longitud del hilo, y sabe todo lo que nos pasará. Representa el futuro.
- Átropos se encarga de cortar el hilo cuando llega la hora de morir, decidiendo incluso cómo pasará.
Ellas deciden cuándo nacemos, qué parte de bien y de mal viviremos, y cuándo morimos.
De primeras, podemos pensar en que si nuestra vida ya está predestinada, no hay nada que podamos hacer y que, por mucho que tratemos de cambiar, no tenemos opción: es un juego amañado. Lo único que podemos hacer es rendirnos.
Rendición.
Tengo claro que no podemos decidir dónde o cuándo nacemos, ni quienes son nuestros padres, ni nuestros familiares, ni cómo son, ni la sociedad en donde crecemos, ni nuestras capacidades físicas y mentales de base. La vida nos da unas cartas, y son las que tenemos para jugar a este juego que es la vida. Estos son hechos que debemos aceptar y sobre los que no podemos influir.
Rendición.
«Cuando un perro está atado a un carro, si quiere seguirlo, es arrastrado y lo sigue, haciendo coincidir su propio acto espontáneo con la necesidad. Pero si no quiere seguirlo, será obligado a hacerlo de todos modos. Lo mismo ocurre con los hombres: incluso si no quieren, se verán obligados de todos modos a seguir lo que está destinado.»
Crisipo
Es cierto que personas que nacen, se crían y desarrollan en entornos prácticamente idénticos, pueden acabar por tener vidas totalmente distintas. Escuchamos o conocemos casos de gente que ha logrado grandes metas viniendo de familias muy humildes, con recursos muy escasos y en ambientes difíciles. Y también escuchamos o conocemos casos totalmente contrarios: personas que con los mejores recursos, educación y facilidades para prosperar, acaban haciendo de su vida un auténtico caos.
Las cartas están fijadas, pero nuestra actitud interna es el pequeño espacio de maniobra que tenemos sobre ellas.
¿Lo que realmente marca la diferencia entre una persona y otra es su mentalidad, su esfuerzo, su disciplina, su perseverancia, su foco, sus valores, su actitud? Y si es así, ¿por qué una persona es capaz de desarrollar todas esas virtudes y otras no?
Hasta no hace mucho, yo solía ser un profundo defensor del pensamiento de que cualquier persona puede lograr cualquier cosa si se lo propone y se esfuerza lo suficiente. Y que quien no lo hace, es porque no es disciplinado, no tiene foco o no tiene mentalidad de superación.
Pensaba que cualquier persona, independientemente de las cartas que le haya tocado jugar, si se lo propone, si realmente lo quiere, puede desarrollar las capacidades y virtudes adecuadas para alcanzar cualquier meta.
Pero a día de hoy, me he dado cuenta que esta es una mentalidad injusta. Yo hablo desde mi posición privilegiada. He tenido la suerte (¿o ya estaba escrito…?) de crecer en una familia que me ha inculcado buenos valores. He coincidido a lo largo de mi vida con personas que me han enriquecido y ayudado a mejorar. Y también con otras que me han enseñado lo que no debo hacer. Nunca he tenido que preocuparme por mis necesidades básicas. No he tenido problemas de salud. Ni mentales. Ni falta de cariño, o afecto. Gracias a todo esto, mi situación actual es la que es, y dispongo de unas bases que me han permitido desarrollar coherencia, disciplina, cierta sabiduría y coraje.
Esto me hace pensar que cualquier otra persona que hubiese estado expuesto a los mismos factores externos que yo, que haya vivido mis mismas experiencias, tendría una vida muy similar a la mía, al menos en lo fundamental.
Quizás esa persona que ha logrado cosas extraordinarias en condiciones desfavorables recibió un consejo cuando era pequeño, un consejo que lo marcó, y fue la semilla que le permitió desarrollar ciertas cualidades. Quizás sin ese consejo, sin ese detalle que pasaría totalmente desapercibido, ni habría logrado esas metas.
Una charla, una felicitación, un accidente, un pequeño trauma, cualquier pequeño suceso puede cambiar por completo una vida, aunque sea casi imposible demostrarlo.
Muchas veces me pregunto, ¿qué sería de mí si mis cartas (familia, entorno, capacidades base…) hubiesen sido ligeramente diferentes? Si la casualidad o el Destino hubiesen hecho que mis padres fuesen otros, que en vez de nacer en una ciudad hubiese nacido en la de al lado, que hubiese nacido 2 días antes o después, que en vez de ir a un colegio hubiese ido a otro, ¿yo sería yo? ¿tendrías los mismos gustos y preferencias? ¿tendría las mismas motivaciones? ¿tendría los mismos valores? ¿me dedicaría a lo mismo? ¿estaría escribiendo esto?…
Estoy seguro que cualquier pequeño cambio en las cartas de partida, por pequeño que pueda parecer, habría hecho que yo, y una gran parte de las personas y el entorno que me rodea, fuesen distintos. Pero sé que he nacido dónde y cuándo tocaba, de la misma forma que todos lo hacemos. Pienso que hay algo, el Destino, que se encarga de que todo pase cuándo y cómo tiene que pasar. No es azar, no es casualidad. Tenía que ser así. Y me ha tocado vivir con mis fortalezas y mis debilidades, con mis cualidades y mis defectos, con mis alegrías y penas, con mis ventajas y desventajas, con mis luces y sombras. Me ha tocado ser YO. Y ante esto sólo tengo una opción:
Rendición.
Si el Destino ha querido que me toque vivir esta vida, lo único que puedo hacer es estar agradecido por todo, sin ningún tipo de queja, sin comparar mi vida con la de otros, sin pensar que merezco algo distinto. Porque lo que tengo es lo que me ha sido otorgado, y es suficiente para sentirme pleno, realizado y orgulloso. Sólo tengo que hacer aquello que el Destino espera de mí, de la mejor forma que me sea posible, poniendo todo mi esfuerzo, atención y cuidado, utilizando las herramientas con las que dispongo.
“Si un hombre está llamado a barrer las calles debería barrer las calles igual que pintaba Miguel Ángel, componía Beethoven o escribía Shakespeare. Debería limpiar las calles tan perfectamente que los moradores del cielo y la tierra se detuvieran para decir: “Aquí vivió un gran barrendero que hizo bien su trabajo””
Martin Luther King
Esta forma de ver la vida despierta, de forma necesaria, un sentimiento de empatía, indulgencia y compasión por los demás. Porque cuando te das cuenta que cada uno hace lo que puede con lo que le ha tocado vivir, cuando asumes que la mayoría de las veces no hay maldad en los actos de los demás, sino ignorancia o falta de capacidades, cuando puedes ver un poco más allá y percibes ligeramente «las cartas del juego» de cada persona, no hay motivo para el enfado, la riña, el castigo o el juicio.
Si a mi me hubiesen tocado esas mismas cartas, yo sería ese al que critico, al que menosprecio, al que ignoro, al que juzgo. Y creo que no me sentiría merecedor de esas actitudes.
Si yo fuese esa persona, lo que más me gustaría recibir de los demás es una cosa: empatía.
“Antes de juzgar a alguien, camina una milla en sus zapatos.“
Mary Torrans Lathrap