El otro día estaba dando el rutinario paseo de la tarde con Willow. Me encontraba en una zona de parque cercana a casa, con césped verde y abundante, arbustos altos y frondosos estratégicamente distribuidos a lo largo del parque, y grandes pinos diseminados por toda la zona.
Era la típica tarde de un día de inicio de verano. Se había levantado una brisa que se sentía fresca y agradable, en comparación al calor abrasador de unas horas antes. Había nubes altas, completamente blancas, densas y esponjosas como algodón de azúcar, y que parecían pintadas sobre el cielo, todavía azul en el oeste, y que contrastaba con los colores rojizos y muy intensos en donde ya se estaba marchando el sol. Los pájaros iban de aquí para allá, entretenidos en sus quehaceres, y sus cantos se mezclaban con el ruido del tráfico de la avenida cercana. Había gente paseando, yendo de aquí para allá, algunos con prisa, otros tranquilos. Había otros sentados en algún banco, hablando por teléfono o simplemente, ahí estaban sin hacer otra cosa que estar.
Ese paseo lo hago casi cada día, a la misma hora, y habitualmente por la misma zona. Y generalmente lo vivo como algo programado, que forma parte de mi agenda y que, aparentemente, no tiene ningún ingrediente como para que pueda recordarlo con agrado al día siguiente. Simplemente me toca hacerlo, así que lo hago. Salgo de casa, paseo y vuelvo. Sin más. Sufro una ceguera por rutina, en la cual, aunque esté en el parque, ni siquiera lo “veo”.
Pero ese día sí lo recuerdo. Recuerdo todos los detalles que he descrito antes, con todos sus matices y las sensaciones que me provocó. Y puedo traerlos a mi mente con facilidad para volver a disfrutar de aquel momento tantas veces como quiera.
¿Cómo es posible que, ante la misma situación (el paseo de la tarde), que hago prácticamente 365 veces al año, exista una ocasión que para mí fue especial, distinta y memorable?
Creo que la respuesta es simple: ese día estuve realmente presente durante el paseo. Hubo algo que activó mi modo presencia, y a partir de ese click empecé a percibir y disfrutar de todo lo que me rodeaba con mis cinco sentidos.
El detonante fue algo muy duro, pero a la vez revelador: durante el paseo, recordé a un gran amigo, quizá uno de los mejores amigos que he tenido y tendré, que por desgracia hacía poco que nos había dejado de forma prematura y dolorosa. Su pérdida ha dejado un gran vacío en muchas personas (todos los que le queríamos, que somos muchísimos), y un sentimiento de rabia hacia la propia vida difícil de explicar.
No era su momento. No le tocaba irse todavía. Le quedaban muchas cosas por hacer. Nos quedaban muchas cosas por compartir. Pero la vida no entiende de justo o injusto. La vida es como tiene que ser, y lo único que podemos hacer es aprender a aceptarla. Pero aceptar no significa que no duela.
Amor y dolor son las dos caras de la misma moneda. Cuanto más quieres a alguien, más dolor te va a causar su falta. Es por eso que mucha gente tiene miedo a querer a los demás de verdad, a enamorarse, a profundizar en las relaciones. Porque eso les vuelve vulnerables, ya que deja en manos de otros la capacidad de hacerles daño. Y a muchos la idea de sufrir les aterra. Pero es el precio justo que hay que pagar por vivir la experiencia de tener una relación verdadera, sincera, sin barreras ni filtros. Es el precio a pagar por saber lo que es tener un verdadero amigo.

El amor que tanto yo como todos los que lo conocíamos le teníamos, y que a su vez él nos tenía, ha provocado un inmenso dolor. Pero eso es la prueba de que nuestra amistad, todo lo que vivimos y compartimos juntos, realmente valió la pena.
Pensar en él, y darme cuenta de que ya no podría sentir esa brisa tan agradable, de que no podría ver esos colores tan espectaculares en el cielo, de que no podría oler el aroma del césped húmedo, de que no podría oír el canto de los pájaros… pensar en que ya no podría disfrutar de esas cosas tan simples pero a la vez tan maravillosas que hay en el mundo, me hizo valorar lo que aparentemente es tan rutinario y que por serlo, no le presto ninguna atención y no le doy ningún valor.
Creo que en el fondo pensé “tú ya no estás aquí y no puedes sentir todo esto; ojalá pudieras. Pero lo único que puedo hacer para honrarte es vivirlo de forma genuina por los dos”.
Allá donde estés, espero que estés bien.
Sé que en algún momento, antes o después, nos volveremos a encontrar amigo. Te quiero.