Sobre las primeras impresiones
Cuando tomé consciencia de que los años comenzaban a pasar cada vez más rápido y se aproximaban mis cuarenta sin apenas haber sido consciente de mis treinta, me di cuenta de que necesitaba encontrar algo que me ayudara a disfrutar de forma profunda y plena con todo lo que tenía, y de los planes futuros. No es que no lo hubiese hecho hasta el momento, pero tenía la convicción de que podía hacerse de otra forma. Y fue así como descubrí la filosofía estoica.
El estoicismo se ha vuelto a poner de moda en los últimos años, de eso no hay duda. Ahora prácticamente cualquiera conoce al respecto de esta filosofía, puede nombrar los pensadores más importantes, sus principios y preceptos. Y eso es estupendo. Porque es una filosofía totalmente práctica y que funciona. Pero creo que también es un síntoma de que vivimos de una forma totalmente desconectada de nuestras verdaderas motivaciones y capacidades, y de ahí que necesitemos adoptar prácticas que nos ayudan a reconectar con nuestro ser más auténtico. Pero eso puede ser motivo de otro post 😉
Interioricé y puse en práctica fácilmente muchas de sus bases y rutinas: la disciplina, la dicotomía de control, la incomodidad voluntaria, el foco en el presente, la gratitud… Imagino que ya existía dentro de mí una base o algo que resonaba con estas virtudes y prácticas, de ahí que me hayan enganchado tanto y me resulte sencillo y agradable.
Pero hay un fundamento que, aunque intento trabajarlo todo lo posible, no consigo dominar por completo y de vez en cuando acabo cayendo una y otra vez en el mismo error: la interpretación de las cosas.
Vigila constantemente tus percepciones, ya que estás protegiendo algo nada despreciable: tu respeto, tu valía, tu templanza, tu serenidad. En una palabra, tu libertad.
Epicteto
Nuestro cerebro, al igual que el resto de nuestra fisiología, está preparado para el ahorro y la eficiencia. De ahí que nuestro pensamiento esté claramente dividido en dos ‘motores’ totalmente distintos, con consumos y velocidades diferentes, con finalidades específicas, y que nuestro cerebro decide, de forma involuntaria, cuándo utiliza uno u otro.
Me refiero a los tan conocidos sistema rápido (sistema 1) o sistema lento (2) de pensamiento, desarrollado por el premio Nobel Daniel Kahneman.
Cuando nuestra mente recibe un estímulo, la primera forma de procesarlo es totalmente automática, intuitiva y emocional. La respuesta se basa, por lo tanto, en aprendizajes pasados, creencias, anclajes y de algún modo, en el objetivo de ahorrar recursos y ser eficientes en la respuesta.
Cuando el estímulo es lo suficientemente complejo como para que el sistema 1 pueda procesarlo, se activa el sistema 2, que es un sistema basado en la lógica, la evaluación y es más objetivo y racional.
Creo que mi problema es que el disparador de mi sistema 2 a veces no funciona. Bien porque mi cerebro está convencido de que mi sistema 1 es lo suficientemente bueno como para resolver ciertas cosas que, en realidad, requieren de mi sistema 2, o bien porque no soy capaz de identificar como ‘importantes’ ciertos estímulos y los dejo a merced del sistema 1.
Sea cual sea el motivo, me doy cuenta que muchas veces, me dejo llevar por las emociones que se despiertan en mí, por todo lo que creo que sé sobre el asunto y que validan mi primera impresión, por la prisa en reaccionar inmediatamente, por la ausencia de reflexión o empatía.
No dejes que la intensidad de una primera impresión te arrastre al golpearte. Responde así cuando llegue: «Espérame un poco, impresión, deja que vea quién eres y qué representas, deja que te ponga a prueba.
Epicteto
Sé que mejorar esto es, en la teoría, relativamente sencillo: no contestar con la respuesta más inmediata, que es la que nos ha dado el sistema rápido, y dejar un espacio de tiempo (el que sea necesario) para permitir entrar en acción al sistema lento, y que sea éste quien termine de evaluar y formar la respuesta. La solución es esa: distanciarse de la primera impresión.
Muchas de las prácticas mencionadas al principio sólo tienen impacto en uno mismo, no afectan a nadie más. Pero cómo interpretamos el mundo, cómo nos afecta lo que dicen y hacen los demás, sí suele tener una afectación en terceros. Recibir ciertas palabras o actos como ataques personales, reaccionar de forma desmedida, juzgar erróneamente… todo eso hace que acabes actuando de forma equivocada hacia los demás, y en muchos casos, ni ellos lo merecen, ni tú mereces pagar con la culpa pero una mala jugada de tu mente.
La calidad de tu vida depende de la calidad de tus pensamientos.
Marco Aurelio
Por lo tanto, me he propuesto mejorar la interpretación que hago de las cosas. Quiero ser consciente de cuándo estoy teniendo una respuesta reactiva y proporcionada por mi sistema rápido, y dejar el espacio necesario para que mi sistema lento entre en juego y me ayude a dar una respuesta basada en el razonamiento y la empatía.
Si te ves reflejad@ en esta forma de reaccionar, y sientes que debes mejorarlo, ¿qué otras prácticas o estrategias crees que pueden ayudar?